¿Son las redes sociales el nuevo tabaco? Al igual que protegemos los pulmones de los menores, la ciencia empieza a pedir que protejamos su atención. Citando a Lazkano y Ormazabal en Las voces del silencio, el ruido digital está ahogando la capacidad de autorreflexión de los jóvenes.

La regulación de las redes sociales: Una medida de salud pública necesaria
La evidencia científica actual es clara. El uso abusivo de algunas plataformas digitales está alterando el bienestar emocional de los adolescentes. Por ello, la prohibición de redes sociales a menores no debe entenderse como un acto de censura. Debe verse como una estrategia de prevención en salud pública.
En su libro Las voces del silencio, Iñaki Lazkano y Maitane Ormazabal nos advierten sobre un peligro invisible. El ruido digital constante impide que los jóvenes desarrollen su mundo interior. Sin silencio, no hay introspección. Sin introspección, la salud mental se debilita.
Esta medida de prevención busca proteger tres áreas críticas del desarrollo juvenil:
- La arquitectura de la atención: Las redes sociales fragmentan la capacidad de concentración. Prohibirlas protege el desarrollo cognitivo del menor.
- La estabilidad emocional: Evitar el acceso temprano reduce la exposición al acoso digital y a la comparación constante.
- El derecho al silencio: Siguiendo a Lazkano y Ormazabal, los jóvenes necesitan espacios libres de redes sociales. Solo así pueden escuchar su propia voz y madurar con autonomía.
Una reflexión filosófica: La libertad como madurez (Locke)
Para entender por qué esta prohibición no es un recorte de libertad, sino su condición de posibilidad, debemos volver a John Locke. El filósofo inglés sostenía que el fin de la ley no es abolir o restringir la libertad, sino preservarla y aumentarla. Sin embargo, Locke aclaraba un punto crucial: la libertad se fundamenta en el uso de la razón.
«Donde no hay ley, no hay libertad… pero esta libertad consiste en disponer de su persona y acciones según la ley de su propia razón» (Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil).
Desde esta perspectiva, un menor aún no posee el pleno dominio de su capacidad racional para navegar por la ingeniería de la persuasión de los algoritmos de las redes sociales. Locke argumentaría que el papel del tutor (o del Estado, en este caso) es proteger al individuo hasta que alcance ese «estado de razón» que le permita ser verdaderamente libre. Prohibir las redes sociales a los menores no es, por tanto, un acto autoritario, sino una salvaguarda de su futura autonomía. Sin la capacidad de decidir por sí mismos, fuera del condicionamiento dopaminérgico de las plataformas, los jóvenes no son libres, sino esclavos de sus impulsos digitales.
Prohibir es solo el primer paso. El segundo es educar. En Filosofía para la Vida creemos que la mejor defensa es una mente bien amueblada. Suscríbete a nuestra Newsletter y recibe herramientas para fomentar el pensamiento crítico en casa.


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